La luz de la luna se reflejaba en sus ojos azules como las aguas del mar a media noche…
Escribiendo pequeñas frases se contentaba su corazón incapaz de escribir siquiera un cuento corto… no podría decirse que fuera un bloqueo de escritor (aunque claro, él no lo fuese) y ni siquiera falta de inspiración, simplemente tal vez en este momento no había que historia contar o quizá tal vez las ideas no tenían ni pies ni cabeza fija que pudieran articular algo coherente.
Sentado allí con su pluma de marfil, aquella que tanto le había acompañado, pasaba horas contemplando el papel en blanco pensando en los dioses, en la luna, las estrellas y el cantar de las sirenas, pero nada parecía llamarle la atención lo suficiente para impregnar con tinta aquella libreta mágica la cual en sus fantasías concedía todos sus deseos.
Tal vez un buen cuento debería de empezar con los sentidos, con una mirada perdida o picara, con el olor de un huevo revuelto al amanecer, con una dulce voz cantando distraída, o con un solo rose… una leve caricia que revolviera todos los sentimientos de su alma, de sus ser… sin embargo, después de mucho pensar, el decidió que la mejor de las historias empezaría con un primer paso, así que dejando de lado sus pensamientos y mirando hacia delante guardo su pluma y su libreta en aquel viejo morral y sin decir una sola palabra se levanto arrastro su pierna lentamente (el primer paso siempre es el más difícil) y se decidió a escribir ésta historia en su memoria, con sus pensamientos, ya no con paisajes de fantasía, si no aquellas imágenes que sus ojos le mostraban, con personas de carne y hueso, por que todo aquello que vivió en la ficción ahora era tiempo de que se convirtiera en su realidad.
